Globalizarse o no

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Resulta cada vez más evidente la existencia de ese poder en la sombra, de esa mano negra, que pretende llegar a dominarnos a todos e implantar el Nuevo Orden Mundial.

Son varias las bestias que encabezan esta iniciativa, aunque quizá la que más reacciones provoca –en contra— sea el muy señalado George Soros, probablemente a causa de su faz desagradable.

Son muchos y muy variados los adjetivos que se tiran a la cabeza de este estadounidense de origen húngaro que, además de ser inmensamente rico –lo que ya de por sí despierta más de un envidioso rencor— se rodea de gente de su mima calaña, podridos de dinero, esos a quienes no les importa comprarse un i-Phone flamante cada seis meses.

Y, entre todos ellos, andan manejando las entretelas de este mundo nuestro, con el claro objetivo de hacerse con el poder total, implantar un gobierno único y ejecutar un solo programa que regule las vidas de los casi ocho mil millones de habitantes que en la Tierra somos.

Frente a esta iniciativa, se oponen los que se llaman a sí mismos patriotas, argumentando que lo más importante es mantener la independencia de cada nación; que sean sus ciudadanos quienes decidan qué gobierno –salido de la cantera nacional, claro— va a decidir sobre su futuro y el del resto de sus conciudadanos.

Eso en el caso de las democracias, sistema más bien escaso en este mundo redondo, porque, en el resto, vaya usted a saber por qué medios alcanzan el poder los capitostes que les gobiernan.

Queda clara cuál es la agenda de los globalizadores, sus mantras y sus metas. El calentamiento global, la desarticulación de las viejas estructuras, como religión, patria, familia… Y el ordenamiento, según su lógica –la de ellos— de las funciones que cada territorio o cada entidad cultural deberán aportar al conjunto.

Para ello, deben primero desarmar todos los resortes que van a significar un obstáculo o un retraso a sus planes, como un excesivo afán de independencia, un inmovilismo ético que se oponga al aborto, la eutanasia, la aceptación de la homosexualidad…, con lo que son las ideas conservadoras las que más muros levantan en ese camino de la igualdad total bajo una misma batuta universal. Pero tampoco les facilitan las cosas esos progresistas –o que se llaman así ellos mismos— aferrados a su particular parcela de poder nacional, tipo Maduro, Castro o Tzipras, aunque, precisamente y a causa del terrible endeudamiento de sus respectivas economías, serán los primeros en caer en manos de la futura sororización.

Estarán de acuerdo conmigo en que nada ha podido venir mejor a esta hoja de ruta globalizante que la actual pandemia de coronavirus. Eso sí que es globalizar, poner a los miles de millones de terrícolas bajo una misma amenaza que, a la que te descuides, te mata, y ante la que gobierno alguno es capaz de brindar una defensa coherente y eficaz.

Más claro, el agua: no hay gobierno que haya sabido defender a sus ciudadanos de un bichito que viaja por los confines del mundo como Pedro por su casa. Lo pareció, al principio; había naciones con una baja incidencia pandémica, a pesar de sus medidas relajadas… Pero eso sólo sirvió en la primera ola y parte de la segunda, ya que, en puertas de la tercera ola, es en esos países en los que las cifras se han disparado de manera más que alarmante, aterradora. De manera que va tomando cuerpo la idea de que el fraccionamiento de la Humanidad en estados ineficaces es algo que hay que echar abajo de una vez por todas.

Es tan fácil suponer, además, que ha sido esa mano negra la que, de algún modo, ha manipulado la cosa para dar origen a la situación actual, que no falta quien afirma con rotundidad que el culpable no es el coronavirus, sino el tal Soros que lo ha inventado o propagado para conseguir con más velocidad sus fines.

Y, a lo mejor, hasta tienen razón.

Si no es así, tampoco salen malparados los líderes del Nuevo Orden, ya que han resultado ser unos linces a la hora de aprovechar la pandemia para su propio beneficio.

De todas formas, como ocurre con todos los fenómenos condicionantes del comportamiento humano, la globalización no es algo nuevo, ni reciente –fijémonos en cuánto personal globalizado viste pantalones tejanos, bebe Coca-Cola, habla español o inglés, le reza a algún personaje nacido en Oriente Medio, se detiene ante una luz roja o intercambia mensajes usando sólo un par de sistemas que controlan todo el tráfico de mensajería mundial.

Y, echando la vista atrás, la Historia nos demuestra que los mayores avances hacia el progreso han ocurrido cuando buena parte de los habitantes de un territorio han estado sujetos al orden regulado por una única autoridad. ¿Qué era el Imperio romano sino una globalización del mundo mediterráneo? ¿Qué es la Iglesia Católica, o el islamismo, sino la globalización de una forma de culto? ¿Qué es la conjunción de estados diferentes que conforman los actuales Estados Unidos de Norteamérica? ¿Qué es la Unión Europea o la unificación de las dispares y numerosas culturas y naciones abrigadas bajo el nombre de China, sino unos intentos de unirse para afrontar el reto del desarrollo con ciertas garantías?

Y el resultado de estas macro-naciones siempre, o casi siempre, arroja saldos positivos, es innegable. Ni Utah ni Kentucky ni Texas hubieran llegado a nada por sí solos, de no haberse visto hermanados con el resto de estados de la Unión. Del mismo modo que Bélgica o Italia, por separado, no gozarían de la seguridad económica que les da Bruselas –ni siquiera sirve el ejemplo del Reino Unido, ya que, como su propio nombre indica, es la unión de cuatro estados diferentes, Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte—. El que falla, estrepitosamente, es el ejemplo de la Unión Soviética; pero no deja de ser la excepción que acaba confirmando la regla.

Hay quien opone los patriotismos frente a los nacionalismos, tachando a éstos –y con razón—, de responder a una visión cicatera de la realidad actual, de una actitud incongruente frente a la inercia tendente a una variada amplitud. Pero, ¿acaso no cabría interpretar la postura actual de los que claman por la independencia de su estado de nacionalistas camuflados frente a un orden que pretende integrar a todos bajo un mismo poder?

Todas las naciones que integran la Unión Europea se sienten libres e independientes, cuando todas ellas han renunciado a buena parte de su libre albedrío al situarse bajo la autoridad de la bandera azul, y, escaparse por la puerta de atrás, reivindicando la propia soberanía frente a las imposiciones de Bruselas, ni siquiera se contempla más que como lo que es, gestos que parecen pataleta de niño que no quiere irse a la cama a la hora debida.

A fuer de ser neutrales, hemos de reconocer que no hay nada que indique que el Nuevo Orden vaya a ser malo. Carecemos de premisas sobre las que argumentarlo, a no ser las citadas arriba, que no dejan de ser apuntes que pudieran indicar lo contrario.

Lo que sí está bastante claro es que, la mayoría de los actuales gobiernos, no han tardado en mostrar sus miserias a poco que a un virus le ha dado por imitar a Willy Fogg.

Claro que no es plato de gusto que unos pocos, poquísimos líderes, decidan el rol que, en ese futuro Nuevo Orden Mundial, le va a tocar desempeñar a los que ahora se consideran independientes, sin serlo; porque está claro que ya está decidido quiénes van a encabezar la escala, quiénes van a ejercer de sparring, quiénes van a servir las viandas y quiénes lavarán los platos en el enorme banquete que se está diseñando.

Pero es que, la otra opción, es permanecer aferrados a la cantera patria –tan limitada a la hora de dar verdaderas figuras — y dejar que quienes decidan el futuro de uno sean los monigotes a los que nos tiene acostumbrada la política actual. Dicho de otro modo, pudiera ser preferible que nos gobernara un Soros o un Bill Gates –cuyas capacidades de gestión están más que acreditadas— a que lo haga una caterva de diletantes, enchufados y caraduras como la que, hoy día, está decidiendo los destinos de naciones enteras.

Es para ponerse a pensar, ¿no creen?

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