Los otros y los unos

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Hace años, en 2015, me pidieron desde un medio de comunicación sudamericano que les escribiera sobre la situación política española y los nuevos aires que se avizoraban, especialmente en lo relativo al nuevo partido llamado Podemos y su líder.

Y les conté lo siguiente:

<<Pablo Iglesias es ese chico –ya no tanto, en octubre cumplirá 37 años— de larga melena recogida en coleta, con perilla ligeramente descuidada, dentadura de caniche y pecho hundido, que sube a los estrados encorvado de espaldas, como esas adolescentes acomplejadas por tener pechos grandes, o a lo mejor es que tiene complejo de alto, y que, desde hace poco tiempo, lidera una dinámica de cambio político perfectamente ajustada a la imagen, y ayudada por los huecos corrompidos que el sistema no ha sabido, o querido, sanear desde hace mucho.

Para la mitad de los españoles, para los que sueñan con un premiere que presida una sesión del Congreso con camisa a cuadros y faldones por fuera del pantalón, Iglesias es su ídolo, su Dios, el colmo de sus aspiraciones hechas realidad.

Para la otra mitad representa al Diablo peludo, al ogro de sus miedos infantiles, con su imagen estudiadamente descuidada en la que no faltan pulseritas reivindicadoras de posturas anti-sistema.

Para aquéllos, esa mitad que, intuitivamente, aprueba todo lo que signifique romper moldes, cambiar, evolucionar –sin otro planteamiento que romper cerámica, modificar lo existente o progresar aunque sea en la dirección equivocada—, la figura del profesor de universidad encarna a esa mitad de España dolida por la derrota de la Guerra Civil –¡todavía!—, y que hace suyos los planteamientos político-sociales de 1931, por más que ya haya pasado casi un siglo. Un grupo importante y decisivo que abomina –al menos de palabra— del capitalismo, sus pompas y sus obras, con ese punzante rencor que incita a atacar a quienes han alcanzado el éxito económico, sin plantearse si ese éxito es legítimo o no.

Para los otros, Iglesias representa la cara oscura de la sociedad, la masa rugosa e intransigente en cuyo seno nunca querrían ver a sus hijos, y suspiran, aliviados, cuando comprueban que la otra mitad de España viste en forma más cuidada, se cuida el pelo y no hace ascos a que, en su cumpleaños, se les regale una corbata a juego. Este grupo no suele expresar que, para ellos, el proletariado es la expresión de un fracaso, el no poder de un quiero, detenido por vaya usted a saber qué razones; sin plantearse a veces –o quizá por hacerlo—, que la clase media alta española procede, casi invariablemente, de los estratos más bajos de una sociedad que, en el siglo XIX, tenía dificultades hasta para saber hablar con corrección.

Los hay también que nadan entre dos aguas, dúctiles y sabiamente acomodaticios, que se muestran con ropa de sastre, pero enseñando cierta dejadez al prescindir de la corbata, que dicen “españoles y españolas”, “individuos e individuas” y se sienten legitimados para hermanarse con los Unos y, ¿por qué no?, con los Otros, según convenga, porque así es la social-democracia.

Y todos votan, incluidos los indigentes culturales, y así salen los resultados.

Porque, en una nación en la que menos de un veinte por ciento lee habitualmente –y, de esos, ni la décima parte acostumbra a investigar en las ideas de grandes pensadores, o en biografías de personajes capitales de la Historia, la sociedad y la política—, resulta un estimulante ejercicio preguntar, a los que se denominan marxistas, qué es el Marxismo. De igual modo, un neoliberal del montón, ni siquiera sabe lo que está diciendo cuando levanta la pancarta, y aquéllos que votan a favor de ideas capitalistas, sospechan que están influyendo sólo en la política local de Madrid, la capital de España.

Ni una palabra, ni una idea general sobre quiénes eran Marx, Lenin, Engels o Nietzsche –por más que cabalguen un ateísmo de andar por casa—. Tampoco los Otros suelen manejar teorías de Locke, Stigler o Juan de Mariana, y demás figuras determinantes del Capitalismo, ¿para qué? Una vez que la decisión está tomada…, ¡a muerte tras ella!

Es esa visceralidad, esa irracionalidad futbolística que no contempla el error, sino la pasión, lo que empuja a determinados líderes políticos a hablar tanto con la imagen y el discurso fácil, a sabiendas todos de que no van a encontrar entre la mayor parte de los suyos la menor crítica razonada.

Los Unos hablan de casta para referirse a los profesionales de la política, o del sistema corrupto; los Otros hablan del «miedo al rojo» para prevenir a la ciudadanía decente de los peligros de los desarrapados que quemaron iglesias y regalaron el oro español a Moscú, y todos encuentran su cuota de público que les aplaude.

Con razón escribía hace poco Arturo Pérez-Reverte sobre el voto de los analfabetos, suscitando fervorosas críticas en quienes consideran que la inmensa totalidad de los españoles sabe leer y escribir, cuando de lo que se queja Pérez-Reverte es, precisamente, de que, los que saben leer, no lo hacen, sino que se contentan con seguir impulsos instintivos, con aplaudir las imágenes de los altares de la política con la misma devoción que un sevillano aplaude el paso de la virgen de Triana.

Se vislumbra un nuevo cambio, y ya hay una larga cola de seguidores incondicionales que prefieren probar lo nuevo –sólo por aquello de que es nuevo, no por que tengan la certeza de que es lo indicado—, y que se van a enfrentar con quienes prefieren mantener un presente del que, de seguro, ignoran si podría ser mejor.

Y llegarán lejos, porque el amateurismo de sus votantes no conoce límites.

Circula aún el viejo dicho de que: “el que no es de izquierdas a los veinte, no tiene corazón; y el que sigue siendo de izquierdas a los cuarenta, es que no tiene cerebro”. Ese fraccionamiento cronológico podría ser suficiente para equilibrar el panorama; pero, en ese tren expreso de las nuevas adscripciones, sobresalen notorias figuras dinosáuricas, viejos que creen ser jóvenes aún que, lejos de pensar en su escasez de razonamiento, alientan y jalean a los que padecen la hipnosis del figurinismo político.

Lo malo de todo esto es que nada va a cambiar; todo seguirá igual. Los nuevos acabarán formando parte del sistema, quiéranlo o no, y acertarán y se equivocarán, como todo humano desprovisto de la esencia de los dioses; los jóvenes se harán viejos, Iglesias se quitará las pulseritas, se pondrá traje, cambiará de peinado y se comprará un BMW, el siglo seguirá avanzando y, para vergüenza de la Historia, los votantes españoles se seguirán sintiendo representados por figuras que, en otro país más culto, despertarían sonrisas de incredulidad, si es que no les tiraban tomates.

No obstante, y dentro del justo sistema de la Democracia, hay que dar la bienvenida a esa ‘nueva’ ultra-izquierda, repleta de ideas viejas que, en muy poco tiempo, acabará formando parte de esa casta a la que quiere sustituir.

Así es como lo veo, y por eso se lo quería contar a ustedes.>>

Pocas veces me he sentido más satisfecho de algo que haya escrito.

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