Mitad y Mitad

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Tengo sesenta y cinco años años, y, ahora que lo pienso, hasta los treinta mi vida transcurrió en una dictadura, y, la segunda mitad, en una democracia, y por eso me gusta pensar que encuentro mi balanza bastante equilibrada.

Vaya por delante que hablo tan solo de mi experiencia personal, difícilmente transferible a otra persona, por lo que ruego se abstengan de opinar aquellos que han tenido un pasado turbulento, que han sufrido persecución por sus ideas o que hayan encontrado en la democracia la panacea que les ha curado de todos sus males. Pues, como decía, desde los 0 a los 30 años, me moví en medio de una sociedad que daba forma a lo que se conocía como dictadura del general Franco.

Fíjense que digo daba forma, ya que alguno podría pensar que era al revés, que era el sistema de gobierno el que conformaba a la sociedad, cuando está claro, al menos para mí, que era al contrario, que se trataba de una sociedad que encontraba acomodo dentro de los parámetros de un régimen que le permitía ser impositiva, disciplinaria, pacata y retrógrada; pero en la que también se podía encontrar solidaridad, orden, respeto y cierto progreso.

No conocí al general Franco, nunca lo vi, salvo en alguna imagen del noticiario cinematográfico NO-DO, en ciertas revistas en las que aparecía inaugurando embalses, pescando o cazando y, por supuesto, en los retratos que presidían los organismos oficiales. Por lo tanto, mi percepción de su dictadura tuvo que apoyarse en las actitudes de otros, menos elevados en la jerarquía del poder, que campaban a sus anchas, como pez en el agua, en un ambiente en el que se perdonaba la adustez y se miraba mal lo licencioso…, salvo que ocurriera fuera de las miradas del pueblo al que había que proteger, o en las intimidades de los hogares.

No obstante, puedo recordar que la figura de Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde, era uno de esos iconos que, a pesar de su importancia en el mundo de los mayores, a mí me la traía al pairo. Luego, conforme fui creciendo, me acostumbré a prestar atención a lo que de él –y de otros—decían mis cercanos en reuniones familiares, primero, y después en las tertulias a las que tan aficionada era la gente de aquellos años, en los que la televisión cerraba sus emisiones a las doce en punto de la noche, como Dios mandaba, o eso se decía.

Lo que más recuerdo de aquellas tenidas –casi siempre espontáneas o asociadas a celebraciones familiares—, eran los chistes que se contaban, en los cuales no salía muy bien parada la figura del Caudillo, ni mucho menos, y que provocaban la carcajada general, aun cuando, según me cuentan ahora, en la España de los Sesenta estaba castigadísimo hacer burla del Generalísimo.

No sé por qué suerte del destino, en la sociedad que me tocó vivir entre los diez y los quince años, jamás contemplé o me enteré de maniobra represiva alguna a este respecto, a pesar de lo que, también, se bromeaba sobre el Régimen, para vilipendiarlo.

Y se decía –es cierto que en voz más baja de lo normal—, aquello de que “Franco firmaba sentencias de muerte mientras se tomaba un café”, lo que a mí me hacía pensar sobre qué diferencia hubiese habido si hubiera firmado mientras paladeaba un buen brandy, una infusión de manzanilla o un vaso de leche caliente con galletas…

Lo curioso era que, en aquel tiempo que ahora nos pintan como torvo y oscuro, nunca oí lo que, más tarde, pude enterarme sobre las decenas de miles de indultos que igualmente firmó, y mucho menos qué se estaba tomando en ese momento, mientras lo hacía.

A los catorce años, el que existiese la pena de muerte no me inquietaba, incluso para mi corto y limitado entendimiento no resultaba nada llamativo que un asesino convicto y confeso acabara colgado de la horca. Es necesario volverse mayor, más reflexivo, para aceptar que, para algunos, la pena de muerte sea algo execrable. Pero, al comprobar con el tiempo que, aquellos que se oponían más fervientemente a la pena de muerte, eran capaces de entender o disculpar la muerte que causaban determinadas ideologías a base de tiros en la nuca y bombas lapa, creí importante y necesario realizar un razonamiento nuevo. Pero eso ocurrió algún tiempo después, y tampoco conviene avanzar demasiado.

Tengo que aclarar, sobre el círculo cercano que me rodeaba en aquellos años, que mi abuelo materno tuvo algún problemilla con el Régimen apenas estalló la guerra; pero tuvieron que soltarle al comprobar que todo era producto de una malintencionada denuncia de un acreedor que pensó aprovecharse de las circunstancias para evitarse pagar la deuda.

Mi familia paterna, en cambio, relacionada con la Masonería, si fue duramente represaliada, a pesar de que el cabeza familiar, mi bisabuelo paterno, había fallecido un mes antes de que se declarara la guerra civil. Fueron despojados de la mayor parte de sus bienes, y casi apeados de su nivel de burguesía acomodada al ser incautada la pequeña industria familiar y requisado el material.

En cambio, poco antes de 1939, uno de mis tíos-abuelos, durante unos días de permiso del frente en los que regresó al Norte de África para visitar a la familia, fue detenido bajo la acusación de derrotismo y de expresar ideas contrarias a la moral de la Santa Cruzada en la que estaba participando como soldado. Tras un rápido consejo de guerra, fue también condenado a muerte; aunque la oportuna intervención de un familiar lejano, bien posicionado en el organigrama militar de la plaza de Melilla, hizo que le fuera conmutada la pena por la de cadena perpetua.

Nadie fue capaz de contarnos qué se estaba tomando el general en jefe que firmó el indulto, pero estoy seguro de que a mi bisabuela le traía sin cuidado, y por eso no preguntó.

Mi familia acosada por el Régimen acabó mudándose a Sevilla, debido a que dos de los hermanos del indultado eran mecánicos de Aviación, y consiguieron ser aceptados en las fábricas CASA (Construcciones Aeronáuticas S.A.), en aquel entonces –1942—, muy necesitadas de personal cualificado. Pero siempre planeó sobre ellos la sombra de la amenaza de haber coqueteado con la Masonería, y ser potenciales pro-republicanos, lo que no impidió que prosperaran, y mucho, hasta hacer que se olvidara un poco el mal trago de haber sido privados de casi todo.

Fue quizá eso lo que me ayudó a entender que, a pesar de los pesares y en lugar de resignarse a llorar las tragedias propias, siempre hay una salida, una solución, una forma de abrirse camino; y, del mismo modo, comprendí –aunque años después— que el régimen político bajo el que vivíamos –dictatorial, impositivo y fascista, como se le sigue describiendo ahora— tenía fallas, grietas o puertas abiertas por las que, cualquiera con voluntad e inteligencia suficientes, podía escapar para diseñar su propio progreso.

También he podido saber, mucho más recientemente, que la economía de aquella dictadura había sido un verdadero desastre hasta finales de los Cincuenta, producto indiscutible de manejar las finanzas con el mismo criterio que se maneja la contabilidad de un cuartel. Pero, aunque costó mucho, al parecer, Franco acabó cediendo a los consejos de quienes lo rodeaban y logró, sin cambiar la estructura política del Estado, modernizar la economía hasta hacerla más manejable.

Es cierto que, en esa etapa de mi vida, yo me movía en un entorno algo distinto al de la España peninsular o europea. El Norte de África, aun cuando, en 1956, desapareciera oficialmente el Protectorado español, era un entorno económicamente distinto, con rasgos de privilegio; pero la vida que yo observaba en mis primos y demás parientes que habitaban en Madrid, Málaga o Sevilla, pasaba por un innegable proceso de modernización y desarrollo que se percibía a cada año que pasaba.

Cierto que no se movían en los mismos Mercedes o BMW que nosotros comprábamos por menos dinero, pero las calles españolas estaban atestadas de varios modelos de SEAT, o las marcas representativas francesas, como Renault o Citroën; había electrodomésticos en las cocinas y, a partir de finales de los Sesenta, hasta un receptor de televisión en color en cada hogar.

Aquella nación de 1939, formada en su mayoría por proletarios que no tenían donde caerse muertos, había creado, en treinta años, una sólida clase media capaz de medirse con las de muchas otras naciones de la Europa mediterránea.

Parece ser que el despegue podría haberse producido antes, y que fue la terquedad económica del Caudillo lo que frenó en más o menos una década ese despertar socioeconómico; pero también es cierto que fue el denostado Régimen el que maniobró –o, al menos, no impidió— que España afrontara la modernidad.

Había tres fuentes principales de riqueza: las inversiones extranjeras –propiciadas por la estabilidad política–; el dinero que enviaban los emigrantes –casi siempre en divisas extranjeras–, y el turismo, y no precisamente en el último lugar en el que lo he colocado.

Es este último productor de beneficios lo que trajo la riqueza suficiente como para sufragar la deuda exterior y hacer que las importaciones aumentaran, mejorando notablemente el nivel de vida de los españoles.

Y es en este punto donde quiero detenerme para reforzar una de mis afirmaciones anteriores, ya que, si decía que fue la propia sociedad española la que dio forma peculiar al Franquismo, del mismo modo, fue esa sociedad la que, a finales de los Sesenta, modificó su propia estructura para, aún con la existencia de un régimen político anticuado y artrítico, lograr convertirse en lo que la mayoría de los españoles querían llegar a ser.

Y yo me pregunto, a estas alturas, si estos aspectos no son un perfecto ejemplo de Democracia, toda vez que es el propio pueblo el que decide sobre qué quiere ser y cómo quiere hacerlo.

No me queda más remedio, pues, que reconocer que, si es la sociedad española la que se moderniza –a pesar del Franquismo—, igualmente fue esa sociedad la responsable de la forma de vivir de las tres décadas anteriores –a pesar también de la existencia de la misma dictadura—. Aunque hay que reconocer que resulta mucho más cómodo cargarle el muerto a un sistema político con tan mala prensa.

Una de las frases que, ya en aquel entonces, calaron más en mi acervo fue la de que “es necesario que todo cambie, para que todo siga igual”.

No sé a quién se la oí, pero, como todo lo bueno y lo malo se lo achacaban al siempre mentado Caudillo, seguiré pensando que él es el autor.

Ahora podemos mirar hacia atrás para, a riesgo de ser simplistas, observar la estructura cuatripartita de la España de 1968, que se apoyaba en el Ejército, la Iglesia, la Alta Burguesía y el Como Dios Manda.

En cambio, hoy día…

Si sustituimos el Ejército por la clase política, y a la Iglesia por las ideologías actuales, vemos que poco ha cambiado el panorama, a pesar de las palmadas que nos damos unos a otros para felicitarnos, con la salvedad de que, ahora, los deseos del pueblo se transfieren a quienes deciden qué es bueno para él, y qué no lo es; a quienes dan forma a la vida cotidiana en base a sus propias ideas, y autorizan o prohíben lo que les manda su manera de pensar, es decir, su ideología.

O sea, que unos choferes de partidos políticos dictan cómo tiene que vivir el resto de los cuarenta millones que, acomodados en la idea de que han elegido lo mejor, les dejan hacer a su antojo. Más o menos, como ocurría hace medio siglo.

Solo que, entonces, era más fácil entenderlo todo.

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