El mundo que viene

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No sé ustedes, pero a mí no me gusta, la verdad; porque, mire a donde mire, veo que, por más que depositemos en el futuro la esperanza de un mundo mejor, ese hipotético futuro feliz se va desvaneciendo paso a paso, día a día, con las noticias que nos llegan de cada rincón del planeta en el que habita la especie.

Porque, si cabe, vamos empeorando con cada revolución de nuestro mundo alrededor del sol.

Y lo de menos son los desastres naturales o las pandemias, con los que hay que convivir nos guste o no; lo peor es que, conforme avanzamos en el cómputo de nuestra existencia como especie, nos vamos aplicando más y mejor en degradar nuestro prestigio, en ir limando a conciencia las aristas que nos dignifican, en ir matando poco a poco el concepto de que los humanos somos una especie inteligente capaz de adaptarse a todo y sobreponerse a los obstáculos para alcanzar la meta de la perfección.

Nos fijemos donde nos fijemos encontramos podredumbre y despropósito, corrupción e indecencia, y, sobre todo, simpleza y necedad en la que una mayoría que parece ciega encuentra acomodo.

Y eso es lo mismo en la culta –cada vez menos— Europa, en la bullente Asia, en la huérfana Latinoamérica, en la aislada Oceanía y en la jodida África; pero es aquí, en España, donde alcanza rangos de magnífica estupidez.

Parece que existe una prisa especial –digna de otras empresas— por verter en el ambiente capazos de tonterías mayúsculas, con la boba pretensión de hacer un mundo mejor echando mano de razonamientos melifluos y banales que, estoy seguro, son el producto de disfrutar de demasiadas horas de tiempo libre. Porque, aunque no lo parezca, el tonto piensa, mal, pero piensa, y como los receptores de sus ideas torcidas son igualmente tontos –o sólo un poco menos—, inmediatamente las elevan al pedestal de lo original y conveniente.

No debería sorprendernos, pues, el descenso trágico de los niveles de enseñanza, resultado lógico y esperable de la permisividad hacia esos tontos charlatanes con oportunidad de legislar.

Ya empezamos hace años con aquella directiva escolar de anular el cero de las calificaciones, porque dañaban el amor propio o algo así; y no hemos parado, hasta alcanzar la desbarrada norma actual de hacer promocionar al alumno, aunque no sepa hacer la O con un canuto… —ya ven que no me he referido al programa sistemático de ir inoculando la bobalicona dualidad de adjetivos que pretenden visibilizar a lo femenino, como si con eso fueran a erradicar quién sabe qué defectos que residen en el ADN de algunos.

Hay encuestas que aseguran que los jóvenes de hoy día son más inteligentes, en razón a que disponen de más estímulos que los niños de antaño –cosa en la que discrepo, porque había más estímulo en acopiar combustible y fabricar una hoguera en las fiestas de San Juan, que matar marcianos o zombis en la videoconsola, pasatiempo por cierto que posiblemente fomente la agresividad—; pero la pregunta es, ¿somos más sabios, o sólo somos capaces de hacer aumentar el cociente intelectual porque, desde pequeños, una colección de maquinitas nos excita lo suficiente?

Por otro lado, ser capaces de manipular equipos sofisticados no nos hace más capaces, ni más despiertos ni, sobre todo, mejores personas; porque, paralelamente a esa ingestión masiva de procedimientos tecnológicos, está ocurriendo una dramática escasez de formación humanística, y, lo peor, es que parecen ser los gobiernos –todos— los responsables de ese descenso vertiginoso de la capacidad de razonar, que es lo que, esencialmente, distingue a los seres humanos de las demás especies.

Piénsenlo detenidamente: ¿Qué le interesa más a un gobierno que depende de los votos para gobernar, que el electorado sea un grupo de personas ávidas de logros tecnológicos y, por lo tanto, sumisos consumidores de gadgets con los que se siente feliz y realizado, o una masa de individuos capaces de saber lo que conviene y exigir resultados más allá de un sueldo decente, unas condiciones de vida pasables y una aceptable previsión de futuro?

¿Cómo sería una sociedad en la que las mentes brillantes fuesen tan numerosas como para que la mayoría entendiera que una campaña electoral no es más que una payasada ridícula, o que cuestionase todas y cada una de las gestiones de políticos, más ocupados por lo general en mostrar imagen que en obtener resultados?

Una sociedad así sería ingobernable, que es, probablemente, lo que demanda la propia especie humana, todavía atada a las reglas ancestrales que nos capacitaron para vivir en familias poco numerosas o en clanes exclusivamente ocupados en asegurarse el sustento de cada día.

Reconozcámoslo; para poder seguir formando colectividades tan grandes como las que conforman una nación actual, hemos de resignarnos a ser un poco tontos, lo suficiente, como para que un puñado de otros tontos como nosotros pongan en escena la pantomima de un gobierno.

Por eso la Enseñanza se duele de recortes y obstáculos, y la consecuencia es que cada vez más gente aplaude programas de televisión que, en otras circunstancias, no servirían ni para matar el tiempo en la sala de espera de un hospital.

Y, paralelamente a la estulticia generalizada, nace y prospera la asunción de la propia incapacidad para resolver asuntos que amenazan la propia existencia. Miren si no las dificultades en ponerse de acuerdo para establecer las reglas de confinamiento de cara a la Navidad, para llegar a acuerdos fronterizos entre países vecinos –sencillos problemas de convivencia—, alcanzar soluciones económicas en zonas que lo necesitan o adoptar medidas rápidas para detener el terrorismo, ese monstruo que está a punto de devorar lo poco de aceptable que nos queda en este mundo que llamamos libre.

Más pareciera que, a fuerza de legislar y gobernar para tontos, los propios responsables políticos se hubiesen acostumbrado a la estulticia permanente y ni siquiera entre ellos compiten en hallar soluciones usando la inteligencia, la experiencia y el saber que, en principio, han hecho que fuesen elegibles.

Aunque, por otro lado, tampoco sé por qué deberíamos esperar un rango de sabiduría elevada en aquéllos que, saliendo del propio pueblo, de esa masa adoctrinada desde hace décadas para habituarse a no pensar, tengan que demostrar cualidades que el resto no posee.

En una nación de tuertos, sólo se pueden esperar gobernantes con un solo ojo.

Y así se explican las situaciones casi de comedia que nos sorprenden cada día con las noticias nacionales y las del extranjero, incluidas las relacionadas con la pandemia de la COVID, con su cola de pánicos desatados, de medios superados y de palos de ciego gubernamentales…, y mentiras a granel. Pura incapacidad para abordar cualquier cosa que se salga de lo esperado.

Nadie está exento del error, es cierto; pero, a fuerza de no esperar milagros, cada vez nos sentimos más cómodos ante la ineptitud manifiesta de una sociedad incapaz de labrar las bases de un futuro risueño en el que, al menos, se hayan podido solucionar los más graves problemas que nos aquejan hoy día.

Si buscásemos con el mismo interés que demuestran Pfizer, Moderna o Astrazeneca una vacuna contra el cretinismo, quizá se podría avizorar una lejana luz en el horizonte del porvenir.

No sé ustedes, pero yo soy muy pesimista al respecto.

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