Salir del coma

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Pareciera que, hoy día, sólo se puede enfermar de la COVID, y no es así; porque siguen existiendo las mismas patologías de antes, sólo que no se habla apenas de ellas. Y, tampoco, de las buenas noticias al respecto.

Hace unos días tuve la alegría de saber que un amigo que estaba en coma desde 1990, había recuperado la conciencia. Treinta años suspendido, inmóvil, vegetal y mantenido con vida en su propia casa a fuerza de un sofisticado soporte vital costeado por la Seguridad Social.

Y, el pasado domingo, decidí ir a verle.

El deterioro físico es más que evidente; las secuelas de la inmovilidad, cuantiosas, pero su mente vuelve a ser la misma que cuando, con treinta y cinco años de edad, sufrió el terrible accidente que le provocó su larga inconsciencia.

Me reconoció al instante, y nos abrazamos con el afecto de siempre, ante la mirada feliz y pletórica de su mujer, que no parece haber envejecido esas tres décadas de desvelo y convivencia, junto a un marido a medias entre ser vivo y cadáver que respiraba.

Su mujer, Yolanda se llama, me cuenta que mi amigo no para de preguntar cosas, y que le cuesta trabajo ponerlo al día de todo cuanto ha cambiado la vida desde entonces, y de las cosas que han sucedido…

Normal, vaya.

Y como, aprovechando mi visita, Yolanda salió a hacer no sé qué cosa, mi amigo —¿he dicho que se llama Isidoro?— y yo pudimos recrearnos con los recuerdos comunes anteriores al fatídico día del accidente; hasta que, cansados de reír, me miró y me preguntó por la cuestión política.

—Pues, a ver por dónde empiezo…

Le expliqué que, después de varios gobiernos del Partido Popular, estaba gobernando el PSOE, cosa que apenas le extrañó, aunque, al añadir yo que lo hacía en coalición con un partido marxista, abrió mucho los ojos.

—El PCE, claro…

—No exactamente.

Tuve que explicarle que había un partido nuevo, pero defensor de viejas ideas, gobernado con mano férrea por un señor que usa un vistoso moño, para que mi amigo Isidoro empezara a fruncir el entrecejo, y, al asegurarle que esa parte alícuota de la gobernanza española abogaba por una república y se despachaba a diario con alusiones, cuando no ataques directos, a la jefatura del estado, comenzó a negar.

—Estás bromeando, ¿verdad?

—Pero espera, que hay más…

Cuando le recité la lista de simpatizantes del partido que gobierna, se rebulló, inquieto, en su sillón, y, al contarle que la colección de nacionalistas, independentistas, terroristas venidos a más, republicanos catalanistas y demás morralla habían hecho causa común con el PSOE para aprobar los presupuestos generales del año que viene, me miró, boquiabierto, y hasta me pareció ver que comenzaba a sudar; pero, cuando empecé a enumerar las contrapartidas, más o menos disimuladas, con las que el gobierno ha pagado la fidelidad de los infieles, me interrumpió.

—Pero, pero…, ¿y la Constitución? ¿Y la oposición…?

He tenido que explicarle que el presidente del gobierno, el de la voz cálida, insiste en que defiende la Constitución, y que, para ello, es necesario el diálogo con quienes piensan diferente. Lo cual es mentira, porque el PP y VOX sí que piensan diferente a él y, sin embargo, ni se le ocurre dialogar con ellos, por más que diga que lo intenta.

Y, con su mejor gesto de hombre de mundo y su pose de superioridad moral, dice y proclama que apoya a la jefatura del estado, pero acepta que su partido-socio en el gobierno lidere una campaña barriobajera para tumbar a la monarquía, alabando el concepto de modernidad que, según ellos, acompaña a una república, ridículo razonamiento que no tiene en cuenta que hay repúblicas antiquísimas y monarquías en los países más desarrollados del Mundo. Pero eso seguro que se escapa a quienes les votan, porque lo ignoran y lo dan por bueno.

Es más, cuando enumeran o citan a los partidos democráticos, incluyen a los separatistas vascos, los diletantes catalanes y demás adláteres que, hace poco, llegaron a protagonizar un golpe de estado declarando la República catalana.

—¡Venga ya…! Estas de coña, ¿no?

Ni afirmé ni negué, sino que abrí el móvil y le estuve mostrando distintas entradas de noticias de prensa, así como vídeos de declaraciones institucionales, tanto del de la voz cálida y engolada como de sus ministras, casi siempre mal encaradas a pesar del trabajo laborioso de sus peluqueras.

—No, no, eso son montajes, vídeos falsos… Yolanda ya me ha contado que hay muchos ahora.

—Que no, que no.

Insistí, explicándole que, precisamente ese día, el domingo 6 de diciembre, día de la Constitución, en el acto institucional celebrado a las puertas del Congreso, el presidente que padecemos había insistido en la bondad de su gestión, en la decencia de su actitud y en lo orgulloso que se sentía de dejarse rodear de aquéllos que, curiosamente, no habían aparecido en el homenaje a la propia Constitución, donde el ya entrecano líder de la Izquierda española trató de oficiar esa misa ideológica y repartió la comunión con ruedas de molino.

Claro que tampoco ha extrañado la ausencia de los confabulados, ya que han declarado, por pasiva y por activa, que el camino de Ezquerra es alcanzar la independencia catalana, de la misma forma que la instauración de la república vasca figura en la hoja de ruta de Bildu.

—Pero, entonces, la derecha…

—¿La derecha?

Añadí, con todo mi pesar, que la Derecha, obligada por el sentir de una mayoría de votantes, andaba deslizándose lateralmente, hasta el punto en que el Partido Popular se declaraba de Centro, junto con Ciudadanos, y el otro bloque, formado por VOX, se debatía a solas en el ala que la dictadura de izquierda que nos gobierna llama anticonstitucional, simplemente porque no les baila el agua y defiende ideas totalmente opuestas…, porque, en realidad, ellos sí piensan diferente.

—Que no, que no, que estás de chufla, que no me lo creo…

Le puse una foto de una de las ministras, a la que el uso de la mascarilla ahorraba mostrar ese ligero rictus —no sé si de ira o de desprecio— que trata de disimular frente a las cámaras, cuando dice aquello de que al PSOE lo atacan por pactar con los que piensan diferente.

—Pero, entonces…, ¿habrá diálogo con la derecha, con el PP y con ese otro partido que has nombrado…?

—VOX.

Pues no, tuve que decirle; esos, para el gobierno, piensan diferente, pero de otra manera.

Creo que fue demasiado para mi pobre amigo Isidoro, porque, al regresar su mujer a la habitación, le pidió con voz trémula que se quería volver a la cama.

Por su bien sólo espero que su intención no sea caer de nuevo en el coma del que, con tanta dificultad, acaba de salir.

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