¿Un mal año?

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Han pasado sólo dos días y ya me estoy empezando a cansar de oír lo de que 2020 ha sido un mal año. Podríase entender que los efluvios etílicos de la despedida, la noche del 31, concitara tanta afirmación despectiva; pero, pasadas cuarenta y ocho horas ya, no le encuentro explicación al machacón aserto. ¿Qué culpa tiene 2020, una vuelta completa de la Tierra alrededor del sol a la que le hemos puesto nombre, con lo que haya podido acontecer?

Sería como viajar en compañía de un grupo de desaseados apestosos y echarle la culpa de ello al autobús en el que los movemos todos.

No es su culpa si 2020 ha sido un año para recordar, por lo malo. Y, sólo echando cuentas de lo acontecido dentro del paréntesis creado entre enero y diciembre, podremos descubrir a los culpables o, al menos, a los protagonistas de este sainete funesto y digno de estudio.

En primer lugar, la Naturaleza.

Nuestra amada Madre, esta vez ha afinado de lo lindo a la hora de dar a luz, de sus propias entrañas, a un microorganismo tan bien diseñado que se ha llevado por delante a unos cuantos millones de habitantes, antes de que la Ciencia diera los primeros palos de ciego tendentes a moderar su letalidad.

En segundo, la falta de tino de los gobernantes –de casi todos ellos, pocos se libran—, acomodados en su idea de que nada habría capaz de poner patas arriba el orden instituido; ése que parecía sólido y no lo era; ése en el que daban un buen perfil a cámara cada vez que actuaban contra un gran problema que no era tal.

Ahora sí; ahora, y gracias al virus, se ha podido medir el nivel de eficacia, de previsión, de acierto de nuestros gobernantes, tan tendente al Cero que ya casi infunden en los demás una compasión que no merecen, y digo casi, porque no les otorgo una calificación más allá del suspenso absoluto. «Nadie podía pensar que un virus tan letal…”, se sigue oyendo en sus frases de autodisculpa.

¿Y en qué puñetas se podía pensar? ¿En que este año las amapolas salieran rosaditas en ver de rojas, o que el peluquín de Trump incidiera negativamente en los mercados bursátiles?

Han estado jugando en la cuerda floja; se han apuntado alegremente a la farsa de gobernar, sabiendo que es tarea fácil, pero que, en cuanto las cosas se han puesto un poco serias nada más –en lugar de uno, podrían haber sido media docena de virus los liberados por Mamá Gáia para acabar con nosotros—, han dejado ver el enorme tamaño de su improvisación, de sus miserias, de sus embustes, con tal de evitar aparecer como lo que son, unos memos igual de limitados que sus gobernados, a los que el destino ha hecho caer en la trampa de haber sido elegidos en el momento equivocado.

Pero queda un tercer elemento: el doliente, la víctima de ese ataque natural que, seguramente, aplaude en secreto Greta Thunberg, esa presuntuosa malcriada desaparecida que, un buen día, dejó de regañarnos, típico producto de esta nuestra sociedad enferma y decadente.

Porque, si bien hay millones de habitantes de este globo que no merecen una muerte tan atroz como la que han tenido, hay otra porción que, aunque reducida, sirve para hacer un estudio sobre el funcionamiento de las neuronas de un imbécil.

Para ellos, todavía no ha quedado clara la relación entre convivencia estrecha, moqueo y lametones con el aumento de la incidencia en los contagios, ¡fíjense ustedes! Todavía, después de tantos meses y tantos números, no les ha quedado claro que hasta aquellos países que, al principio, se mostraban como ejemplos de que la falta de medidas no producía necesariamente muertos, ahora están inmersos en la propia negación de sus errores, cuentan las víctimas por centenas de millares y encargar a prisa y corriendo remesas de ataúdes nuevos cubrir las necesidades de las próximas semanas.

¿Qué necesitan? ¿De qué forma van a apearse de su postura atolondrada y peligrosa?

Ya pasó el momento de esgrimir esas grandes ideas de que el virus había sido fabricado artificialmente –sí, ¿y qué?, ¿eso quiere decir que mata menos?

El complot a escala global para dar el poder al Nuevo Orden es otra de las fórmulas aireadas en las pancartas. Pues muy bien, a lo peor hasta es cierto; pero eso no justifica que se mantenga una actitud de rebeldía hacia la mascarilla, hacia las medidas advertidas, no por políticos, sino por los profesionales de la Sanidad, ignorando la realidad que tanto ha matado y tando ha dañado al resto. Si no quieres vacunarte, pues no lo hagas; pero respeta el miedo de los demás y vete a vivir a una jodida y lejana isla desierta donde, casi con toda seguridad, no va a llegar el virus.

No sé qué hace falta ya para que, independientemente de su origen, la totalidad entienda que ese virus es real, que está mutando, que mutará más, y que, a lo peor, la lotería del universo consigue que aparezca la cepa contra la que no valdrán medidas, la cepa que, por fin, nos borre a todos de la faz de la Tierra. Una cepa a la que, seguramente, seguirán ayudando los negacionistas de pancarta y sonrisa triunfante.

Quizá lo merecemos.

No todos, ya digo; pero, con echar un vistazo a las noticias, es suficiente para medir el calibre de quienes, como los pecadores de Sodoma y Gomorra, se esfuerzan en atraer las iras del cielo, a despecho de quienes no merecen un final tan trágico.

Desde el jueves 31 de diciembre, hasta hoy mismo, sábado 2 de enero, ha estado funcionando una macro fiesta –una de las muchas que en el mundo han sido— en un pueblo barcelonés, donde ciento cincuenta personas, en su mayoría jóvenes inocentes golpeados por la actual situación de un mundo que se desmorona, han dado cumplida cuenta a la estupidez de bailar, emborracharse y drogarse hasta que el cuerpo aguante, a cuenta de despedir el año. Y, como ésta, han sido docenas las celebraciones, tanto en garajes, como hangares o domicilios particulares.

Lo bueno viene ahora, cuando, alertada la Policía, se persona en los respectivos lugares y…, no hace nada, salvo impedir que acudan más a sumarse al jolgorio.

Textualmente: <<Los Mossos han pedido a la Conselleria de Salut de la Generalitat un protocolo a seguir con las personas que vayan abandonando la fiesta>>

Para empezar a carcajearse y no parar, si la situación no fuese la que es.

Enterarse de esto, o simplemente ver la cara de algunos presidentes autonómicos suplicando a la gente, con lágrimas en los ojos, que no haga excesos ante la gravedad de la situación, es la prueba evidente de que vivimos dentro de un sistema que se ha ido pudriendo y ya se está dejando comer, inerme, por los gusanos creados por su propio cuerpo.

¿Y por qué ocurre? ¿Por qué la Policía no se atreve a intervenir, lo mismo que no puede entrar en un domicilio particular en el que se están incumpliendo las normas, a no ser que lo autorice el dueño –ja, ja, tiene pelendengues—, o medie una orden judicial?

Porque nuestros ilustres gobernantes no han tenido tiempo, entre tanto decreto y cambio de normativas y leyes, de ponerse a revisar los protocolos de actuación de las fuerzas de Orden Público. ¿Para qué? ¿Para privar a nuestros amados compatriotas de hacer lo que les salga de sus santos allegados?

¡Imposible! Eso nos restaría votos en las próximas elecciones, caramba… Mejor dedicarnos a regular el empleo del lenguaje inclusivo, pensar en el color de las nuevas papeleras de los parques o asegurar que, quienes no estén a gusto con su propio cuerpo, puedan implantarse una cola de gallo en el coxis para ser más felices…, a costa de la seguridad social, claro.

Mal año 2020…

Pobre año, pobre 2020, que ha tenido que abarcar doce largos meses de suplicio viendo moverse por sus tripas tal cantidad de inefables productos de esta sociedad –curioso lo cercanas que en nuestra lengua aparecen suciedad y sociedad—.

Eso sí, son millones los que apostarían sus hipotecas y sus planes de pensiones a que 2021 va a venir cargado de regalos y parabienes, como si se tratase de un arca sideral con destino a este mundo… Y no, 2021 va a ser lo que nosotros –todos—hagamos que sea.

Y, tal y como ha empezado, me temo que, dentro de doce meses, estaremos diciendo de él las mismas frases tontas que se han oído sobre el anterior.

Eso si, los que queden vivos, son capaces todavía de hablar.

 

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